ECOS DE PERSONAS USUARIAS: “LA HOSPITALIDAD QUE TRANSFORMA: MI EXPERIENCIA COMO HOSPITALERA EN LOGROÑO” POR LAURA LAJAS
Laura Lajas, usuaria de Apdema, ha regresado este mes de julio al albergue de Logroño para ejercer nuevamente como hospitalera voluntaria, una experiencia que prolonga su vínculo con el Camino de Santiago y con una forma de participación social basada en la atención de otras personas.
Su regreso no representa únicamente la continuidad de una actividad que ya conoce. También expresa su decisión de seguir ocupando un lugar activo en la comunidad, aportando su tiempo, responsabilidad y cercanía en un entorno marcado por encuentros entre personas de diversas procedencias y culturas.
En Apdema, cuando personas con discapacidad intelectual como Laura se deciden a ejercer el voluntariado, vemos la otra cara de la inclusión. Aquella en la que participar se convierte en una oportunidad para contribuir, asumir responsabilidades y poner las capacidades al servicio de los demás. Porque en ese intercambio se refuerza una convivencia más humana.
Un año más, el Camino de Santiago vuelve a convertirse en un espacio de aprendizaje para las personas usuarias de Apdema. Y la experiencia de Laura confirma que, como ella dice, ayudar transforma a las personas.
A continuación, compartimos su crónica, testimonio de un nuevo capítulo de hospitalidad protagonizado por las personas usuarias de Apdema.
Ser hospitalera en Logroño no consiste únicamente en abrir la puerta de un albergue o entregar una cama a quien llega cansado tras una larga jornada de caminata. Es, sobre todo, aprender a recibir a cada peregrino con una sonrisa, una palabra amable y la disposición de escuchar. Cada día es diferente, porque cada persona que cruza la puerta trae consigo una historia, una ilusión o una dificultad que forma parte de su propio Camino.
Logroño es una de las etapas más emblemáticas del Camino Francés. Cada temporada llegan peregrinos de todos los rincones del mundo buscando descanso, una ducha caliente y un lugar donde recuperar fuerzas antes de continuar hacia Santiago. El albergue municipal, atendido por hospitaleros voluntarios, mantiene viva esa tradición de acogida que caracteriza al Camino de Santiago.
Durante mi servicio como hospitalera he descubierto que la verdadera riqueza del Camino no está solo en los kilómetros recorridos, sino en los encuentros. He compartido conversaciones con personas de diferentes culturas, idiomas y edades. Algunos llegan radiantes de felicidad; otros necesitan simplemente que alguien les escuche después de una jornada difícil. En muchas ocasiones, un gesto sencillo vale más que cualquier otra ayuda.
El trabajo diario es variado. Hay que preparar las instalaciones, recibir a los peregrinos, ofrecer información sobre la ciudad y el Camino, resolver pequeñas incidencias y procurar que todos se sientan bienvenidos. Al finalizar el día, cuando el albergue se llena de silencio y los caminantes descansan, queda la satisfacción de haber contribuido, aunque sea modestamente, a que su experiencia sea mejor.
Ser hospitalera también significa aprender. Aprender paciencia cuando el cansancio hace que algunos peregrinos lleguen preocupados o nerviosos; aprender empatía al escuchar historias de vida muy diferentes; y aprender que la hospitalidad no entiende de nacionalidades, idiomas ni creencias.
Logroño ofrece además un magnífico entorno para el peregrino. Su casco histórico, la hospitalidad de sus vecinos y la conocida gastronomía de la ciudad convierten la etapa en una parada muy especial antes de continuar el Camino. Muchos peregrinos aprovechan su estancia para descubrir la ciudad y compartir momentos de convivencia que recordarán durante años.
Al terminar esta experiencia comprendo que, aunque los peregrinos son quienes recorren el Camino, los hospitaleros también vivimos nuestro propio viaje. Un camino de servicio, generosidad y crecimiento personal. Porque al final, quien llega para ayudar descubre que también recibe mucho más de lo que da.

